Mendel el de los libros

Mendel el de los libros

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No, no era el mismo. Ya no era el miraculum mundi, el mágico archivo de todos los libros. Todos aquellos que le vieron por entonces, tristes, me contaron lo mismo. Algo en su mirada, en otro tiempo tranquila, en aquella mirada que tan sólo leía como en sueños, parecía destruido de manera irremediable. Algo había quedado reducido a escombros. El atroz cometa de sangre, en su loca carrera, debió de golpear también, retumbando, la apartada y pacífica estrella alciónica de su mundo de los libros. Sus ojos, acostumbrados durante décadas a las delicadas y silenciosas letras del tamaño de patas de insecto, debieron de ver cosas terribles en aquel corral para hombres entre alambradas de espino, pues los párpados caían pesados ensombreciendo las pupilas que en otro tiempo habían brillado de manera tan ágil e irónica. Somnolientos y con los bordes enrojecidos, los ojos antes tan vivos dormitaban tras las gafas reparadas con esfuerzo y atadas con unos finos cordones. Y lo que es aún peor, en el fantástico edificio de su memoria debía de haberse derrumbado algún pilar, y toda la estructura se había venido abajo, pues nuestro cerebro, ese mecanismo de conexión creado con la más sutil de las sustancias, ese fino instrumento de precisión mecánica acorde con nuestro saber, es tan delicado que una venilla obstruida, un nervio afectado, una célula cansada, una molécula un poco desplazada bastan para hacer enmudecer la armonía más extraordinariamente completa, la armonía esférica de una mente. Y en la memoria de Mendel, en aquel teclado único del conocimiento, las teclas, a su regreso, estaban atascadas. Cuando de vez en vez alguien venía a recabar información, él se quedaba sentado, inmóvil, agotado, y ya no comprendía con exactitud, no oía bien, y olvidaba lo que le habían dicho. Mendel ya no era Mendel, como el mundo no era ya el mundo. El ensimismamiento completo ya no le mecía hacia delante y hacia atrás durante la lectura, sino que la mayoría de las veces se quedaba sentado con la mirada fija, las gafas sólo mecánicamente dirigidas hacia el libro, sin que se supiera si leía o si se quedaba aletargado. Muchas veces, así lo contó la señora Sporschil, la cabeza, pesada, se le caía sobre el libro, y se quedaba dormido a plena luz del día. En ocasiones miraba absorto durante horas y horas la extraña y fétida luz de la lámpara de acetileno que en aquella época de carestía del carbón le pusieron sobre la mesa. No, Mendel ya no era Mendel. Ya no era una de las maravillas del mundo, sino un fardo inútil, formado por una barba y un montón de ropa, que respiraba con fatiga, depositado sin sentido sobre el sillón en otro tiempo pítico. Ya no era la honra del café Gluck, sino una vergüenza, una mancha de mugre maloliente, desagradable a la vista, un parásito incómodo, inútil.


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