Mendel el de los libros
Mendel el de los libros Eso es lo que le pareció al nuevo dueño, de nombre Florian Gurtner, originario de Retz, quien se había enriquecido durante el año de hambruna de 1919 con el estraperlo de harina y mantequilla, y que había persuadido al probo del señor Standhartner para que le vendiera el café Gluck poniéndole encima de la mesa ochenta mil coronas en billetes. Con sus recias manos de campesino actuó con energía, reformó a toda prisa el viejo y venerable café para ennoblecerlo, compró con letras sin valor, en el momento justo, sillones nuevos, instaló una entrada de mármol y empezó a negociar con el local contiguo para añadir una sala de baile. En ese precipitado proceso de embellecimiento, como es natural, le molestaba mucho aquel parásito de Galitzia que cada día desde primeras horas hasta la noche mantenía una mesa ocupada, y que sólo bebía dos tazas de café y se tragaba cinco panecillos. Es verdad que Standhartner le había encomendado en especial a su viejo cliente y había intentado explicarle hasta qué punto aquel Jakob Mendel era un hombre notable e importante. Por así decir, se lo había entregado en el traspaso con el resto del inventario, como una servidumbre que formaba parte del negocio. Pero Florian Gurtner, con los nuevos muebles y la brillante caja registradora de aluminio, había adquirido también la grosera mentalidad de aquellos tiempos acaparadores, y sólo esperaba un pretexto para barrer fuera de su local, ahora tan distinguido, aquel último e incómodo resto de roña arrabalera. Pronto pareció presentarse una buena oportunidad, pues a Jakob Mendel le iban mal las cosas. Sus últimos billetes de banco habían quedado pulverizados por la trituradora de papel de la inflación. Sus clientes se habían dispersado. Y para volver, como un pequeño vendedor ambulante, a subir escaleras para recoger libros de casa en casa, a aquel hombre cansado le faltaban las fuerzas. Las cosas le iban muy mal. Se notaba en cientos de detalles. Rara vez se hacía ya traer algo de la casa de huéspedes, y hasta el más pequeño pago de café o de pan lo dejaba siempre a deber durante mucho tiempo. En una ocasión, incluso durante tres semanas. Ya por entonces el jefe de los camareros quiso ponerle en la calle, cuando la buena de la señora Sporschil se apiadó de él y se hizo cargo de su deuda.