Mendel el de los libros
Mendel el de los libros Pero al mes siguiente se produjo la desgracia. Ya en muchas ocasiones el nuevo jefe de camareros había observado que la cuenta nunca coincidía con los bollos consumidos. Cada vez había más diferencia entre los panes servidos y cobrados. Sus sospechas, como es obvio, se dirigieron de inmediato hacia Mendel, pues el viejo y tambaleante ordenanza había venido muchas veces a quejarse de que Mendel hacía seis meses que le debía la paga, y de que no conseguía sacarle ni un centavo. De modo que el jefe de los camareros empezó a fijarse, y dos días después consiguió, escondido tras la pantalla de la estufa, sorprender a Mendel mientras se levantaba en secreto de su mesa, se dirigía hacia la sala de delante, cogía con rapidez dos panecillos de uno de los cestos y los engullía con avidez. A la hora de pagar, aseguró que no había comido ninguno. Las desapariciones ya tenían explicación. El camarero comunicó enseguida el incidente al señor Gurtner quien, contento por haber encontrado el pretexto que buscaba desde hacía tanto, bramó delante de todo el mundo contra Mendel, le culpó del robo e incluso se jactó de que no iba a llamar de inmediato a la policía, aunque le ordenó que en el acto se marchara al infierno y para siempre. Jakob Mendel se limitó a temblar, no dijo nada, tropezó al levantarse de su mesa y se marchó.