Mendel el de los libros
Mendel el de los libros La buena mujer se había alterado mucho y, con la apasionada locuacidad propia de la edad, volvió a repetir lo de la vergüenza y lo de que el señor Standhartner no habría sido capaz de una cosa así. De modo que al final tuve que preguntarle qué había sido de nuestro Mendel, y si había vuelto a verle. Entonces perdió los estribos y se excitó aún más. «Cada día, cuando pasaba junto a su mesa, cada vez, puede usted creerme, el corazón me daba un vuelco. Me preguntaba siempre dónde estaría entonces el pobre señor Mendel. Y si hubiera sabido dónde vivía, habría ido hasta allí para llevarle algo caliente, pues, ¿de dónde habría podido sacar él el dinero para pagar la calefacción y para comer? Además, por lo que yo sé, no tenía parientes en el mundo. Pero al final, como no supe nada más de él, pensé que debía de haber muerto, y que no iba a volver a verle. Y me dio por pensar si no debía mandar que leyeran una misa por él, pues era un buen hombre. Y porque nos conocíamos. Durante más de veinticinco años.