Mendel el de los libros
Mendel el de los libros »Pero un dÃa, muy temprano, a las siete y media —fue en el mes de febrero—, estaba yo justo limpiando el latón de las barras de las ventanas, y de pronto creà que me daba un ataque, de pronto se abre la puerta y entra Mendel. Ya sabe usted que siempre caminaba torcido hacia delante y desorientado. Pero esta vez de algún modo era diferente. Enseguida me di cuenta, algo le arrastraba de acá para allá, tenÃa los ojos muy brillantes y, Dios mÃo, qué aspecto. ¡No era más que huesos y barba! De inmediato se me ocurre, ¡qué espanto!, en cuanto le veo pienso enseguida que no sabe nada, que va a plena luz del dÃa dando vueltas como un sonámbulo. Se ha olvidado de todo, de lo de los panecillos y de lo del señor Gurtner y de qué manera vergonzosa le habÃan echado fuera. No sabe siquiera quién es. ¡Gracias a Dios que el señor Gurtner aún no habÃa llegado! Y el jefe de los camareros estaba tomando su café. A toda prisa di un brinco para explicarle que no podÃa quedarse allà y dejarse expulsar por aquel tipo grosero —al pronunciar estas palabras, la señora Sporschil se volvió con timidez y rápidamente se corrigió—, quiero decir, por el señor Gurtner. De modo que le llamé: señor Mendel. Levantó la vista. Y entonces, en aquel instante, Dios mÃo, fue horrible, en aquel mismo instante debió de acordarse de todo, pues de inmediato se sobresaltó y empezó a temblar, pero no sólo le temblaban las manos, no, todo él tiritaba, se le notó hasta en los hombros y empezó a correr dando trompicones hacia la puerta. Allà se desplomó. Enseguida llamamos al servicio de socorro, y se lo llevaron, febril, tal y como estaba. Murió por la noche. PulmonÃa, muy avanzada, dijo el médico. Y también que entonces, cuando volvió al café, no sabÃa ya lo que hacÃa. La fiebre le habÃa llevado hasta allÃ, como a un sonámbulo. Dios mÃo, cuando se ha pasado uno asà treinta y seis años sentado cada dÃa a una mesa, entonces esa mesa es como su hogar».