Mendel el de los libros
Mendel el de los libros De vuelta en Viena tras una visita a los barrios de la periferia, me vi inmerso de improviso en un chaparrón que, con húmedo látigo, perseguía a la gente obligándola a correr hasta los portales de las casas y otros refugios. Yo mismo busqué también, a toda velocidad, un techo que me amparara. Por fortuna, en Viena le espera a uno en cada esquina un café. De modo que huí al que se encontraba más próximo, con el sombrero que ya goteaba y los hombros empapados. Una vez en el interior, se reveló como el típico café de arrabal, con ese estilo casi esquemático, burgués, de los de la antigua Viena, lleno a rebosar de gente normal que consumía más periódicos que bollería, y sin los artificios tan de última moda en los cafés cantantes que en el centro de la ciudad imitan a los alemanes. En aquel momento —estaba empezando a oscurecer—, la atmósfera ya de por sí sofocante se veía jaspeada por espesos anillos de humo azul. Y, sin embargo, aquel café daba la impresión de estar limpio, con sus sofás de terciopelo visiblemente nuevo y su caja registradora de aluminio reluciente. Con las prisas no me había molestado en leer el nombre que ponía por fuera. Por otro lado, ¿para qué? De modo que me senté en aquel lugar cálido, mirando impaciente a través de los ventanales cubiertos de chorros azules a la espera de que la lluvia, inoportuna, tuviera a bien alejarse un par de kilómetros.