Mendel el de los libros
Mendel el de los libros De modo que allí estaba yo, sentado sin hacer nada; a punto de caer en esa pasividad indolente que, como un narcótico, irradia todo auténtico café vienés. Con aquella sensación de vacío, me dediqué a contemplar a las distintas personas que se encontraban a mi alrededor. La luz artificial de aquel espacio lleno de humo marcaba unas sombras de un gris muy poco saludable en torno a sus ojos. Observé a la señorita de la caja, que con movimientos mecánicos alcanzaba al camarero el azúcar y las cucharillas para cada taza de café. Medio dormido, de manera involuntaria, leí los carteles del todo anodinos que colgaban de las paredes. Aquella especie de letargo casi me sentó bien. Pero, súbitamente, una extraña tensión me sacó de mi somnolencia. Una imprecisa inquietud despertaba en mi interior, como lo hace un pequeño dolor de muelas del que aún no sabe uno si procede de la parte izquierda o de la derecha, de la mandíbula inferior o de la superior. Tan sólo sentí una sorda impaciencia, una intranquilidad espiritual, pues de pronto —no sabría decir por qué— fui consciente de que ya debía de haber estado allí en alguna ocasión, hacía años, y de que algún recuerdo debía de unirme a aquellas paredes, a aquellas sillas, a aquellas mesas, a aquel espacio envuelto en humo.