Miedo
Miedo Sólo cuando ya estaba en marcha se dio cuenta de lo mucho que le había afectado aquel encuentro. Se tocó las manos que colgaban de su cuerpo petrificadas y frías, como si estuvieran muertas. De repente comenzó a temblar, su cuerpo se estremecía espasmódicamente. Notaba un sabor amargo en la garganta, sentía náuseas y, al mismo tiempo, una ira absurda, sorda, que se revolvía en el interior de su pecho como si fuera un calambre. Le habría gustado gritar o empezar a dar golpes como una loca, liberarse de aquel espantoso recuerdo que se había clavado en su cerebro igual que un anzuelo, de aquel rostro adusto, de su risa burlona, de la vulgaridad de aquella proletaria con su fétido aliento, su boca seca, llena de odio, que le escupía a la cara groseros insultos, mientras levantaba su puño crispado con gesto amenazador. El malestar iba en aumento, ascendía poco a poco hacia la garganta; por otra parte, el coche rodaba a toda velocidad, acelerando, girando violentamente en las curvas. Iba a pedirle al conductor que fuera más despacio, cuando se le ocurrió pensar que tal vez no le quedara suficiente dinero para pagarle, pues todos los billetes que llevaba se los había entregado a aquella chantajista. Al momento indicó al conductor que parara y se apeó inmediatamente dejándole de nuevo asombrado. Por fortuna, aún le quedaba suficiente dinero. Pero entonces se encontró en medio de un barrio desconocido, rodeada de obreros. Cada palabra que decían o cada mirada que le lanzaban le provocaban un malestar casi físico. Por otra parte, sus rodillas flojeaban por el miedo. Casi sin darse cuenta empezó a caminar. Debía llegar a casa y, haciendo acopio de todas sus fuerzas, se puso a recorrer las calles realizando un esfuerzo sobrehumano, como si estuviera atravesando un cenagal o un campo nevado en el que se hundía hasta las rodillas. Finalmente llegó a su casa, donde entró como un vendaval, nerviosa y agitada. Sin embargo, moderó su desenfreno inmediatamente para no llamar la atención mientras subía las escaleras.