Miedo
Miedo La doncella le quitó el abrigo. Oyó ruido en el cuarto de al lado. Su hijo pequeño jugaba con su hermanita menor. Dondequiera que posase su mirada, encontraba algo propio, de lo que se sentÃa dueña y que le ofrecÃa seguridad. Fue asà como recuperó la calma, al menos por fuera, ya que Ãntimamente seguÃa sintiendo la ola de agitación que se levantaba y se abatÃa dolorosamente contra su pecho aún oprimido. Se quitó el velo y recompuso su rostro con la firme voluntad de ofrecer un aspecto relajado. Luego entró en el comedor, donde su marido leÃa el periódico junto a la mesa puesta ya para la cena.
—Llegas tarde, querida Irene —la saludó con un ligero tono de reproche.
Entonces se levantó y la besó en la mejilla. Un penoso sentimiento de vergüenza envolvió su corazón casi sin darse cuenta. Se sentaron a la mesa. DistraÃdo, sin apartar apenas la vista del periódico, su marido le preguntó:
—¿Dónde has estado tanto tiempo?
—Estuve… en… en casa de Amélie… —Y luego añadió—: TenÃa que salir a hacer algunos recados… y decidà acompañarla…