Miedo

Miedo

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Los melancólicos sueños de la adolescente que deseaba un gran amor, una pasión exaltada, habían quedado adormecidos por el sereno afecto de los primeros años de matrimonio y la emoción de una temprana maternidad, que fue como un juego para ella. Ahora, en cambio, a punto de cumplir los treinta, ese mundo comenzaba a despertar de nuevo y, como cualquier mujer, se sintió capaz de vivir una gran pasión, aunque no tuviera la voluntad ni el valor necesarios para pagar el precio de la aventura: el riesgo. Cuando aquel joven se acercó a ella, disfrutaba del momento cumbre de su felicidad, ¿qué más habría podido desear? Volvió a sentir entonces la fuerza del deseo, que él no se molestó en disimular. Rodeado por el romanticismo del arte, penetró en su mundo burgués, donde los demás hombres se contentaban con celebrar su belleza con comentarios inocentes, cortejándola con todo respeto, sin desearla verdaderamente. Por primera vez desde su adolescencia volvió a sentir una viva excitación en lo más hondo de su ser. No habría podido decir qué la atrajo de él. Tal vez fuera esa sombra de tristeza que se extendía sobre su rostro haciéndolo tan interesante, aunque no sabía a ciencia cierta si se trataba de una pose artificial bien estudiada o de la impronta que habían dejado en él sus melancólicos pensamientos. Para ella, rodeada siempre de burgueses pagados de sí mismos, ese velo de tristeza era el reflejo de un mundo superior, que salía a su encuentro con mil colores en los libros que leía y se agitaba en las románticas obras de teatro a cuyas representaciones acudía, por eso, casi sin darse cuenta, se inclinó sobre el borde de sus sentimientos cotidianos para contemplarlo. Un cumplido para alabar la belleza de su música y de aquellos instantes, seguramente más apasionado que hábil, le había hecho levantar los ojos del piano y aquella primera mirada se posó en ella. Irene se estremeció y, al mismo tiempo, sintió la voluptuosidad que esconde el miedo. Una conversación en la que todo parecía avivado y alumbrado por un fuego oculto excitó su curiosidad, ya despierta, hasta tal punto que se sintió incapaz de rechazar la invitación para encontrarse de nuevo con él en otro concierto. A partir de entonces empezaron a verse con más frecuencia y pronto dejó de ser por casualidad. No creía tener gusto para la música y tampoco confiaba demasiado en su sensibilidad para el arte, seguramente con razón, pero el hecho de que él, un verdadero artista, valorase sus opiniones como si fueran las de una experta y recurriese una y otra vez a ella para pedir consejo, no dejó de halagarla; por eso, cuando pocas semanas más tarde le propuso tocar para ella y sólo para ella su última obra… no dudó un instante en aceptar la invitación. Puede que sus intenciones fueran más o menos rectas, pero lo cierto es que Irene acabó sucumbiendo a sus besos y, finalmente, se sorprendió a sí misma entregándose por entero al joven. Al principio se sintió asustada por este inesperado giro hacia lo sensual. El misterioso temblor que hasta entonces había acompañado su relación se rompió de repente y apareció la conciencia de culpa por un adulterio que en realidad no había planeado. Trató de justificarse y lo logró de algún modo convenciéndose a sí misma de que aquella había sido la primera oportunidad que había tenido para enfrentarse al mundo burgués en el que vivía y lo había hecho por iniciativa propia o, al menos, eso quiso creer. El horror ante la traición que había cometido duró algunos días, pero luego su vanidad se encargó de transformarlo en algo distinto, en lo que podía pensar incluso con orgullo. Sin embargo, pasados los primeros momentos, todas estas emociones acabaron perdiendo su poder de seducción. Incluso en estas circunstancias, su instinto la prevenía contra esta persona y, sobre todo, contra lo que ella percibía como frescura y originalidad, que tanto la había atraído. Su extravagante forma de vestir, su carácter bohemio, los altibajos en su situación económica, que fluctuaba eternamente entre el derroche y la miseria, repugnaban a su sensibilidad burguesa. Como la mayoría de las mujeres, amaba al artista siempre que estuviera envuelto en un halo de romanticismo, guardase las distancias y respetase los límites de la corrección: era como un animal salvaje que resultaba deslumbrante cuando estaba encerrado detrás de los barrotes de las buenas costumbres. La pasión que la embriagaba mientras lo escuchaba tocar al piano, le resultaba inquietante cuando se entregaban al amor. No le gustaban aquellos abrazos bruscos, aquellos violentos arrebatos, que mostraban una deliberada falta de consideración hacia su persona. No podía evitar compararlos con las caricias de su marido, todavía tímido y profundamente respetuoso después de tantos años de matrimonio. Sin embargo, ahora que se había consumado la infidelidad, volvía una y otra vez a los brazos de su amante, sin sentirse dichosa ni decepcionada, casi como un deber con el que debía cumplir obligada por la fuerza de la costumbre. Era de esa clase de mujeres que podemos considerar coquetas, incluso frívolas, aunque con un carácter burgués tan marcado que necesitan atenerse a un orden incluso en el adulterio y, si se entregan al libertinaje, deben darle antes un aspecto doméstico, por decirlo de algún modo; hasta el sentimiento más inconfesable debe disfrazarse pacientemente con la máscara de la cotidianidad. Al cabo de unas pocas semanas, este joven, su amante, tenía un lugar en su vida, donde encajaba limpiamente; le dedicaba, igual que a sus suegros, un día a la semana; de alguna manera se las había arreglado para que esta nueva relación no alterase en modo alguno el antiguo orden, no había tenido que renunciar a nada, simplemente había añadido a su vida un elemento más. Tener un amante no supuso, de entrada, ningún cambio en el mecanismo que regulaba su existencia, al contrario, vino a ampliar aún más su felicidad, como un tercer hijo o un coche, por lo que pronto su aventura le pareció tan banal como cualquier otro placer socialmente permitido.


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