Miedo

Miedo

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Había conocido a aquel joven, un pianista que empezaba a gozar de cierta fama en círculos reducidos, durante una velada, donde mantuvieron una conversación casual. Pronto, sin ni siquiera proponérselo y casi sin ser consciente de lo que estaba pasando, se había convertido en su amante. No se puede decir que el deseo de estar con él inflamase su sangre, no había sido algo sensual y, en el fondo, tampoco algo espiritual lo que la había unido al muchacho: se había entregado sin necesitarlo ni desearlo verdaderamente, tal vez por la pereza de resistirse a la voluntad de él o por una especie de curiosidad. Nada en ella, ni el ardor de la sangre, apaciguado por una feliz vida conyugal, ni la necesidad tan común en las mujeres de buscar satisfacción para sus intereses espirituales, la había impulsado a buscarse un amante, era absolutamente feliz al lado de su esposo, un hombre acaudalado, superior a ella en el plano intelectual, con dos hijos, sin ninguna preocupación, satisfecha de poder disfrutar de una vida acomodada, plenamente burguesa, apacible y sin sobresaltos. Sin embargo, en ocasiones, un ambiente agradable y relajado excita la sensualidad más que el bochorno o la tormenta, una existencia dichosa y equilibrada puede ser un acicate más eficaz que la desdicha y, para muchas mujeres, la falta de deseo resulta tan fatídica como la insatisfacción o la desesperanza. La saciedad puede ser tan estimulante como el hambre, y esa vida regalada, carente de peligros, despertó en ella la sed de aventuras. Nada en su vida la contrariaba, vivía rodeada de dulzura por todas partes, allá donde fuera encontraba paz, ternura, calidez, cariño y respeto; sin sospechar que la moderación no depende del exterior, sino que, al contrario, es un mero reflejo de la falta de tensión interna, Irene sintió que aquel engañoso bienestar de algún modo la alejaba de la vida real.


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