Miedo
Miedo La nerviosa respuesta de su amante, inspirada por el pánico, se la trajo un mensajero al medio día; la carta, donde imploraba compungido, se lamentaba, la acusaba, hizo que Irene se replantease una sentencia, poner fin a su aventura, que creía firme. Tanta solicitud halagaba su vanidad y la desesperación que mostraba el joven inflamó sus sentimientos hasta el éxtasis. Su amante le rogaba con la mayor insistencia que accediese a un encuentro fugaz para poder aclarar, por lo menos, si había tenido alguna culpa o si por alguna razón la había herido sin saberlo. La atrajo la idea de seguir jugando con él, fingiendo enojo y rechazándolo sin motivo alguno para reafirmarse más aún. La emoción la embargaba, pero como sucede con todas las personas que en el fondo son frías, a pesar de estar rodeada por las llamas de la pasión, no llegó a arder en ningún momento. De repente, se acordó de una pastelería en la que se había citado con un actor cuando era joven, una anécdota pueril a los ojos de una mujer respetable y acomodada como era ella ahora, y lo citó allí. Sonrió para sus adentros pensando lo extraño que resultaba ver florecer el romanticismo en su vida después de tantos años de matrimonio, en los que había ido marchitándose. Casi daba por bien empleado el desagradable encuentro del día anterior con aquella mujer, si había servido para que conociera un sentimiento tan auténtico, tan intenso y estimulante que sus nervios, normalmente tranquilos y relajados, seguían estremeciéndola.