Miedo
Miedo Esa noche tuvo una angustiosa pesadilla. Sonaba una música extraña, muy animada, se encontraba en una sala luminosa, amplia, llena de gente, un mundo de color y movimiento. Un joven al que creía conocer, aunque no acababa de saber exactamente quién era, se abría paso hasta ella, le ofrecía su brazo y la sacaba a bailar. Era una sensación delicada y agradable, una ola de música la elevó de repente en el aire, ya no sentía el suelo, y ella y su pareja atravesaban bailando otras muchas salas en las que colgaban candelabros de oro con pequeñas llamas, radiantes como estrellas, e infinidad de espejos que cubrían las paredes y multiplicaban sus risas en infinitos reflejos. La música y el baile eran cada vez más ardientes. Notó que el jovencito la abrazaba cada vez con más fuerza, estrechando sus brazos desnudos, haciéndola gemir de dolor y de placer. La mirada de ella se perdía en la suya, creía conocerlo. Se parecía a aquel actor del que había estado enamorada, cuando no era más que una muchachita, un amor platónico, a distancia. Iba a pronunciar arrobada su nombre en voz alta, cuando él selló sus labios con un ardiente beso. Y así, con sus labios fundidos, como un único cuerpo que ardía por dentro, volaron llevados por un feliz viento a través de las estancias. Las paredes desaparecían, ya ni siquiera veían el techo que flotaba por encima de ellos, era un instante indescriptible, el instante de la ligereza y la libertad. Entonces, de repente, alguien la tocó en el hombro. Se detuvo en seco y también lo hizo la música, las luces se apagaron, las paredes volvieron a cerrarse en la oscuridad y su pareja de baile desapareció.