Miedo
Miedo ¿Qué la hacía tan aguda, tan deslumbrante, tan acerada, tan dolorosa? ¿Intuía algo o es que ya estaba al corriente de lo que había pasado? Mientras luchaba por encontrar las palabras, le vino a la mente un recuerdo olvidado mucho tiempo atrás, una historia que su marido le había contado en cierta ocasión. Siendo abogado, había tenido ocasión de conocer a un juez instructor cuya estrategia al interrogar a un acusado consistía en examinar las actas durante su declaración sin apartar los ojos de ellas un solo instante, como si tuviera problemas de vista. Luego, en el momento adecuado, levantaba los ojos y formulaba la pregunta decisiva clavando su mirada en el acusado como si fuera un puñal. De repente concentraba toda su atención en él desconcertándolo, desarmándolo, logrando que perdiera la compostura y admitiera la mentira que había ideado cuidadosamente. ¿No estaba recurriendo su marido a esta misma maniobra para conseguir que ella misma se delatase? ¿No corría el riesgo de convertirse en víctima de su habilidad para manipular a las personas? Sintió un escalofrío, cuando recordó la pasión que despertaba en él la vertiente psicológica de su oficio, mucho más interesante que los aspectos meramente jurídicos. Seguir las pistas, descubrir secretos, presionar a un criminal le atraía tanto como a otros los juegos de azar o el erotismo. Cuando tenía entre manos algún caso en el que era necesario aplicar la psicología para poder llegar a la verdad, su corazón ardía inflamado por una irresistible curiosidad que le impulsaba a trabajar sin descanso, día y noche. Un palpable nerviosismo se apoderaba de él; muchas veces se despertaba de pronto en mitad de la noche y caía en la cuenta de algún detalle que había pasado por alto, su rostro se volvía impenetrable como el acero, bebía y comía poco, fumaba incesantemente, apenas hablaba, como si estuviera guardando las palabras para el momento de comparecer ante el tribunal. Irene recordaba que en cierta ocasión decidió acudir con él al juzgado. Había sido la primera y la última vez. Salió asustada por la pasión, por el oscuro afán, incluso por la maldad con que armaba su discurso, por esa expresión opaca y agria que ahora creía descubrir de nuevo en su rostro, en su mirada absorta, en aquellas cejas fruncidas amenazadoramente.