Miedo

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En cuanto se quedó sola, sacó de nuevo la fatídica carta. Sus ojos recorrieron al vuelo aquellas líneas: «Haga el favor de entregar cien coronas al portador de esta nota». En un ataque de rabia cogió el papel, lo rasgó en pedazos, hizo una bola con ellos y la lanzó con furia a la papelera. Luego lo pensó mejor, se detuvo, se inclinó sobre la chimenea y los arrojó al fuego. Al momento, una llama blanca se alzó chisporroteando y devoró con avidez aquella comprometedora nota, devolviéndole la tranquilidad.

En aquel instante oyó los pasos de su marido acercándose a la puerta. Se incorporó a toda prisa. Su rostro estaba arrebolado por el aliento del fuego y el temor de verse descubierta. La portezuela del fogón había quedado abierta y para que aquel descuido no la delatara trató de cubrirla torpemente con su cuerpo. Él se acercó a la mesa, encendió una cerilla para su cigarro. Al acercar la llama, su rostro se iluminó y ella creyó percibir un leve temblor alrededor de las ventanillas de la nariz, algo que siempre ocurría cuando se enfurecía. Sin embargo, se dirigió a ella sin alterarse en absoluto:

—Sólo quiero decirte que no estás obligada a mostrarme tus cartas. Si deseas guardar tus secretos, tienes plena libertad para hacerlo.


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