Miedo

Miedo

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No quería pensar en nada más. Su único deseo era continuar con su vida, adormecerse, llenar su corazón con tareas fútiles e insignificantes. Ya no soportaba estar en casa. Tenía que salir a la calle, lo sabía, necesitaba ver gente para no volverse loca. Esperaba que aquellas cien coronas le asegurasen algunos días de libertad y decidió aventurarse a dar un paseo. Era lo mejor. Tenía muchas preocupaciones y, por otra parte, tampoco era tan mala idea desaparecer unas horas, cuando los ojos de todos parecían estar puestos en ella a causa de su extraño comportamiento. Había pensado cuidadosamente cuál sería la mejor manera de salir. Llegaba a la puerta y desde allí se lanzaba a la calle con los ojos cerrados como si estuviera saltando desde un trampolín. Una vez que sentía la dureza del pavimento bajo los pies y la gente a su alrededor, se sumergía en aquella cálida corriente y se impulsaba hacia delante con todas sus fuerzas. Excitada y nerviosa, avanzaba tan rápido como podía tratando de no llamar la atención, ciegamente, con los ojos fijos en el suelo, sintiendo, por supuesto, la amenaza de aquella mujer que podía cruzarse en su camino en cualquier momento. Si estaba acechándola, al menos no quería saberlo. Sin embargo, no pensaba en otra cosa y se estremecía cada vez que alguien la rozaba casualmente. Un sonido, unos pasos a su espalda, una sombra que pasara a su lado crispaban sus nervios. Sólo podía respirar tranquila cuando estaba en el coche o en una casa que no fuera la suya.


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