Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad La travesÃa del estrecho de Panamá comienza en la provincia de Coiba, el pequeño reino del cacique Careta, cuya hija es la compañera de Balboa. Núñez de Balboa, como se demostrará más tarde, no ha elegido el lugar más estrecho y con ese desconocimiento alarga en unos dÃas el peligroso paso. Pero en un envite tan arriesgado hacia lo desconocido, debÃa de ser fundamental para él asegurar ante todo la proximidad de una tribu aliada de indios para el refuerzo o la retirada. En diez grandes canoas, la guarnición de Darién cruza en dirección a Coiba. Ciento noventa soldados armados con lanzas, espadas, arcabuces y ballestas, y acompañados por una imponente jaurÃa de temidos sabuesos. El cacique aliado aporta sus indios como bestias de carga y como guÃas. Y el 6 de septiembre se inicia esa gloriosa marcha a través del istmo, que incluso para aventureros tan atrevidos y experimentados exige inmensos sacrificios y una gran fuerza de voluntad. En medio de las sofocantes y debilitadoras temperaturas del ecuador, los españoles tienen que atravesar primero las llanuras, cuyo suelo pantanoso, preñado de enfermedades, matarÃa después a miles de hombres durante la construcción del canal de Panamá. Desde el primer momento, el camino hacia lo inexplorado hay que abrirlo a machetazos y golpes de espada por la ponzoñosa jungla de lianas. Como a través de una mina inmensa y verde, los primeros van desbrozando a través de la espesura una estrecha galerÃa, que después el ejército de los conquistadores recorre hombre a hombre en una larga e interminable hilera, siempre con las armas en la mano, siempre, noche y dÃa, con los sentidos al acecho y en tensión, para rechazar un repentino ataque de los indÃgenas. El calor resulta sofocante en la oscuridad bochornosa y llena de vahos de las húmedas bóvedas que forman los gigantescos árboles, sobre los que arde un sol despiadado. Cubiertos de sudor y con los labios sedientos, los hombres se arrastran con sus pesadas armaduras, avanzando legua tras legua, cuando de pronto, una vez más, se desatan aguaceros huracanados. Los pequeños arroyos, en un abrir y cerrar de ojos, se convierten en rÃos impetuosos que ellos se ven obligados a vadear o cruzar rápidamente por los inestables puentes de corteza que los indios improvisan. Como alimento, los españoles no tienen más que un puñado de maÃz. Con sueño, hambrientos, muertos de sed, rodeados por mirÃadas de lancinantes insectos que les chupan la sangre, se esfuerzan por avanzar con las ropas rasgadas por las espinas y los pies heridos, los ojos febriles y las mejillas hinchadas por las picaduras de los zumbantes mosquitos, sin descansar durante el dÃa ni dormir por la noche y pronto ya extenuados por completo. Tras la primera semana de marcha, una gran parte de la tropa no puede soportar las fatigas, y Núñez de Balboa, que sabe que aún les esperan los verdaderos peligros, ordena que todos los enfermos con fiebre y los que estén cansados se queden atrás. Quiere adentrarse en la aventura decisiva únicamente con lo más selecto de su tropa.