Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad —Cincuenta y dos —contestó Schmidt.
—Mala edad. Se ha matado trabajando como un toro. Aunque también es fuerte como un toro. En fin, veamos lo que podemos hacer.
El criado sujetó la jofaina, Christof Schmidt alzó el brazo de Händel y el médico pinchó la vena. Brotó un chorro de sangre roja y clara, caliente, y al instante un suspiro de alivio salió de los apretados labios. Händel respiró hondo y abrió los ojos. Aún parecían cansados, ajenos e inconscientes. En ellos se había apagado el brillo.
El médico vendó el brazo. No quedaba mucho más por hacer. Iba a marcharse cuando se dio cuenta de que los labios de Händel se movían. Se acercó. Muy levemente —era como un mero aliento— Händel resollaba:
—Se acabó… Estoy acabado. No tengo fuerzas. No quiero vivir sin fuerzas.
Cuando abandonó la habitación, Schmidt le siguió hasta las escaleras, temeroso, aturdido.
—¿Qué es?
—Apoplejía. La parte derecha está paralizada.
—¿Y se…? —Schmidt se quedó sin habla—. ¿Se recuperará?
El doctor Jenkins, ceremonioso, tomó una pizca de rapé. No le gustaban nada esa clase de preguntas.
—Tal vez. Todo es posible.
—¿Y se quedará paralítico?