Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad De inmediato, el duque le invitó a subir a su coche. Los caballos probaron la mordedura del látigo, y asà fueron a buscar al doctor Jenkins a su consulta de la Fleet Street, donde en aquel momento se encontraba muy ocupado analizando una muestra de orina. Aunque en su ligero cabriolé se trasladó enseguida con Schmidt hasta Brook Street.
—La culpa es de los muchos disgustos —se quejaba el fámulo desesperado, mientras el coche avanzaba—. Le han torturado hasta la muerte, esos malditos cantantes y castrados, esos emborronadores de cuartillas y criticastros, todas esas sabandijas repugnantes. Este año ha escrito cuatro óperas para salvar el teatro, pero los otros se valen de las mujeres y de la corte. Y sobre todo el italiano ése, ese maldito castrado, ese crispado mono vociferante, los trae a todos locos. ¡Ay, qué no habrán hecho a nuestro pobre maestro! Ha invertido todos sus ahorros, cien mil libras, y ahora le importunan con pagarés y le acosan hasta la muerte. Jamás un hombre ha hecho tanto, jamás nadie se ha entregado de modo tan espléndido, y eso tiene que quebrantar hasta a un gigante. ¡Ah, qué hombre! ¡Qué genio!
El doctor Jenkins escuchaba, indiferente y silencioso. Antes de entrar en la casa, dio una nueva calada a su pipa y con un par de golpecillos sacó la ceniza de la cazoleta.
—¿Qué edad tiene?