Momentos Estelares De La Humanidad

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Y con toda su fuerza, con el ímpetu de un furibundo guerrero, sin demora y con redoblada avidez, el convaleciente se volcó de nuevo en su obra. El hombre de cincuenta y tres años había recobrado su vieja combatividad. Escribió una ópera. La mano curada obedeció magníficamente. Escribió una segunda, una tercera, los grandes oratorios Saúl e Israel en Egipto, y una oda, L'Allegro. Como de una fuente hace tiempo estancada resurgía inagotable el placer creador. Pero los tiempos están contra él. La muerte de la reina interrumpe las audiciones. Después comienza la guerra de España. En las plazas públicas la multitud se reúne todos los días gritando y cantando, pero el teatro permanece vacío, y las deudas se acumulan. Después viene el duro invierno. Sobre Londres cae un frío tal que el Támesis se congela y los trineos marchan sobre la reluciente superficie haciendo sonar los cascabeles. Durante esta época terrible las salas permanecen cerradas, pues ninguna música celestial afrontaría el frío de aquellos locales. Entonces enferman los cantantes. Uno tras otro, los conciertos tienen que ser suspendidos. La precaria situación en la que se encuentra Händel empeora cada vez más. Los acreedores apremian, los críticos insultan, el público se mantiene indiferente y mudo. Poco a poco, ese hombre que lucha desesperadamente pierde el coraje. Una representación benéfica acaba de librarle de ir a la cárcel por deudas. Pero, ¡qué vergüenza tener que ganarse la vida como un mendigo! Händel se aísla más y más, y su ánimo se torna cada vez más sombrío. ¿No era mejor tener paralizada una parte del cuerpo, y no como ahora toda el alma? En el año 1740 Händel se siente de nuevo un hombre vencido, arruinado, escoria y ceniza del prestigio de otro tiempo. Con esfuerzo, recopila fragmentos de sus obras anteriores. De cuando en cuando, aún es capaz de alguna pequeña proeza. Pero la gran corriente se ha secado, y con ella en el cuerpo restablecido la fuerza primigenia. Por primera vez, este hombre colosal se siente cansado. Por primera vez, el espléndido combatiente se ve vencido. Por primera vez, agotada, la sagrada corriente del placer creador, que desde hace treinta y cinco años desbordara fecunda todo un mundo, se paraliza. De nuevo, se ha terminado. De nuevo. Y el desesperado lo sabe o cree saberlo. Se ha terminado para siempre. ¿Para qué me permitió Dios resucitar tras mi enfermedad, si los hombres vuelven a sepultarme?, suspira. Sería mejor que hubiera muerto, en lugar de, como una sombra de mí mismo, vagar por este mundo helado, vacío. Y en su rabia a veces murmura las palabras de aquel que fue colgado en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»


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