Momentos Estelares De La Humanidad

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—Que el diablo me lleve —exclamó con asombro el doctor Jenkins—. ¿Qué os pasa? ¿Qué elixir habéis bebido? Si reventáis de salud. ¿Qué os ha pasado?

Händel le miró, riendo, con ojos chispeantes. Después, poco a poco, se puso serio. Se levantó lentamente y se acercó hasta el clavicordio. Se sentó ante él, y primero pasó las manos por encima de las teclas sin rozarlas. Después se volvió, sonrió de una manera extraña y empezó a tocar suavemente, medio hablando, medio cantando, la melodía del recitativo: «Behold, I tell you a mystery.» Escuchad, os contaré un secreto. Era la letra de El Mesías. Había empezado como una broma, pero en cuanto él hundió los dedos en el aire tibio, le arrastró. Tocando, Händel se olvidó de los otros y de sí mismo. Grandiosa, la propia corriente le arrastró. De pronto se encontró otra vez en medio de la obra. Y cantó, tocando los últimos coros, a los que hasta entonces sólo había dado forma como en sueños. Ahora, por primera vez, los escuchaba despierto. «Oh death where is thy sting.» Sí, oh muerte, dónde está tu aguijón. Y también los sintió en su interior, penetrados por la fogosidad de la vida. Y elevó la voz más alto, como el coro, jubiloso, regocijado. Y siguió tocando y tocando, y cantando, hasta llegar al «Amén, amén, amén». Y la habitación, con aquellas notas, estuvo a punto de venirse abajo. Tan fuerte, con tanta energía proyectó él su fuerza en la música.


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