Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Unos meses después, dos hombres bien vestidos llamaban a la puerta de la casa alquilada en Abbey Street, en la que el noble huésped venido de Londres, el gran maestro Händel, vivía en Dublín. Respetuosos, venían con una petición. En esos meses, Händel había deleitado a la capital de Irlanda con obras tan exquisitas como nunca se habían escuchado por allí. Habían oído decir que también allí quería llevar por primera vez a escena su nuevo oratorio, El Mesías. No era poco honor que quisiera ofrecer precisamente a aquella ciudad, antes que a Londres, el estreno de su última obra. En vista de lo extraordinario de semejante concierto, cabía esperar unos beneficios especiales. Así que habían venido a preguntar si el maestro, con su generosidad de todos conocida, no querría dedicar los ingresos de su primera audición a las instituciones benéficas que ellos tenían el honor de representar.
Händel les miró complaciente. Amaba esa ciudad porque le había mostrado su amor. Y su corazón estaba abierto de par en par. Lo haría de buen grado, y sonrió. Bastaba con que le dijeran a qué instituciones irían destinados los ingresos.
—Al amparo de los presos en distintas cárceles —dijo el primero. Un hombre afable, de cabellos blancos.
—Y a los enfermos del hospital Mercier —añadió el otro.