Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Seis días después, el 13 de abril por la noche, la multitud se amontonaba ante las puertas. Las damas habían venido sin miriñaque y los caballeros sin espada, para que un mayor número de oyentes pudiera encontrar espacio en la sala. Asistieron setecientas personas, una cifra hasta entonces nunca alcanzada. Tal era la rapidez con la que se había extendido la gloria de aquella obra. Sin embargo, cuando empezó la música, no se oía una sola respiración. Y escucharon cada vez más silenciosos. Pero entonces los coros, con huracanado poder, rompieron a cantar y los corazones comenzaron a estremecerse. Händel estaba junto al órgano. Quería vigilar y dirigir su obra, pero se le escapó, y él se perdió en ella. Se le hizo extraña, como si no la hubiera escuchado jamás, como si no la hubiera creado él mismo. De nuevo, le arrastró la propia corriente. Y cuando al final poco a poco se alzó el «Amén», sin que se diera cuenta, sus labios se abrieron y cantó con el coro. Cantó como no lo había hecho en toda su vida. Pero después, apenas el júbilo de los demás llenó el espacio con sus aplausos, él en silencio se apartó a un lado, para no dar las gracias a los hombres que se las daban a él, sino a la clemencia que le concediera aquella obra.