Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Conmovidos, sus amigos llevaron al ciego a su casa. También ellos tenían la sensación de que se trataba de una despedida. En la cama aún movió suavemente los labios. Quería morir el Viernes Santo, murmuró. Los médicos se asombraron, no le entendían, pues no sabían que aquel Viernes Santo era 13 de abril, el día en el que aquella pesada mano le arrojara al suelo, el día también en el que El Mesías sonara por vez primera en el mundo. Y el día en el que todo en él había muerto, también había resucitado. En el día que había resucitado quería morir, para estar seguro de que resucitaría a la vida eterna.
Y, en efecto, aquella voluntad única tuvo también poder sobre la muerte, como lo había tenido sobre la vida. El 13 de abril a Händel le fallaron las fuerzas. Ya no veía nada, tampoco oía. Inmóvil, el voluminoso cuerpo yacía entre almohadones. Una cáscara hueca, pesada. Pero, así como en la concha vacía resuena el estruendo del mar, en su interior lo hacía el murmullo de una música inaudible, la más extraña y magnífica de cuantas hubiera escuchado jamás. Poco a poco su apremiante crecida desligó el alma del cuerpo desfallecido, para transportarla hacia la esfera de lo ingrávido. Un caudal hacia otro, un eco eterno hacia la eternidad. Y al día siguiente, aún no habían despertado las campanas de Pascua, falleció al fin lo que de mortal había en Georg Friedrich Händel.