Momentos Estelares De La Humanidad

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Como todo artista verdadero y riguroso, Händel no alababa sus propias obras. Pero amaba una, El Mesías. Amaba esa obra por gratitud, porque le había salvado de la propia sima, porque con ella él mismo se había redimido. Se representó en Londres año tras año, y siempre todos los ingresos, quinientas libras cada vez, se destinaron a la mejora de hospitales. Del que se había curado, a los necesitados. Del que había sido liberado, a aquellos que aún estaban en prisión. Y con esta obra, con la que se había remontado desde el Hades, quiso también despedirse. El 6 de abril de 1759, ya muy enfermo, el maestro de setenta y cuatro años dejó que una vez más le llevaran hasta el podio del Covent Garden. Y allí estaba, aquel hombre inmenso, ciego, en medio de sus fieles, rodeado por los músicos y los cantantes. Sus ojos vacíos, apagados, no podían verlos, pero cuando con gran estrépito las ondas de la melodía rodaron hasta él, cuando el júbilo de certeza que emanaba de cientos de voces creció como un huracán, entonces su rostro cansado se iluminó y cobró vida. Balanceó los brazos, llevando el compás, y cantó con tal seriedad y tal fe como si fuera un sacerdote y se encontrara a la cabecera de su propio féretro, rogando con todos por su salvación y por la de los demás. Sólo una vez, cuando, obedeciendo la invocación «The trumpet shall sound», las trompetas se alzaron bruscamente, dio un respingo y, con los ojos fijos, miró hacia arriba, como si estuviera ya dispuesto para el Juicio Final. Sabía que su obra estaba bien hecha. Podía presentarse ante Dios con la cabeza erguida.


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