Momentos Estelares De La Humanidad

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LA NOCHE EN CAILLOU

La lluvia del norte cae sin interrupción. Como un rebaño húmedo, los regimientos de Napoleón avanzan en medio de la oscuridad. Cada hombre con dos libras de barro en las suelas. En ninguna parte encuentran refugio, ninguna casa, ningún techo. La paja está demasiado mojada para acostarse sobre ella, de modo que cada diez o doce soldados se aprietan unos contra otros y, sentados, espalda contra espalda, duermen bajo la lluvia torrencial. Tampoco el emperador consigue descansar. Una agitación febril le hace despertar una y otra vez, pues los reconocimientos fracasan frente al impenetrable temporal. Los exploradores como máximo consiguen dar un parte confuso. Napoleón aún no sabe si Wellington acepta la batalla. Y por parte de Grouchy no hay noticias acerca de los prusianos. Así, yendo de un lado a otro incluso a la una de la madrugada —indiferente al estruendoso aguacero—, caminando a lo largo de los puestos de avanzadilla hasta llegar a una distancia de un tiro de cañón de los campamentos de los ingleses, que de cuando en cuando, en mitad de la niebla, muestran una luz débil y humeante, proyecta el asalto. Sólo cuando despunta el día regresa a la pequeña cabaña de Caillou, su pobre cuartel general, donde encuentra los primeros informes urgentes de Grouchy. Las noticias sobre el repliegue de los prusianos no son claras, aunque, en cualquier caso, la promesa de seguirles resulta tranquilizadora. Poco a poco, la lluvia remite. Impaciente, el emperador recorre la habitación arriba y abajo, y, con la mirada fija, contempla el amarillo horizonte, esperando a que se despeje para poder tomar una decisión.


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