Momentos Estelares De La Humanidad

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Pero aquel fuego de infantería no ha sido más que una simple y falsa escaramuza que los prusianos, confundidos ante el uniforme de los otros, han iniciado contra los de Hannover. Pronto deponen el fuego y, sin que nada las estorbe, amplias y enérgicas, las masas brotan desde los bosques. No, no es Grouchy aproximándose con sus tropas, sino Blücher, y con ello la perdición. La noticia se extiende rápidamente entre las tropas imperiales. Empiezan a retroceder, aún con cierto orden. Pero Wellington se da cuenta de lo crítico del momento. Cabalga hasta el borde de la colina defendida victoriosamente, alza el sombrero y lo sacude por encima de su cabeza frente al enemigo en retirada. Enseguida los suyos entienden el gesto de triunfo. De un golpe, lo que aún queda de las tropas inglesas se levanta y se arroja sobre la masa en desbandada. Al mismo tiempo, la caballería prusiana se precipita sobre el ejército desfallecido y destrozado. Y el grito de muerte resuena: «Sauve qui peut!» Un par de minutos y la Grande Armée no es más que una desbocada y galopante corriente de miedo, que todo lo arrastra a su paso, incluido Napoleón. Como si se tratara de un agua indefensa, insensible, la caballería pica espuelas contra esa corriente que retrocede rápida y fluida. En la huida, de entre la espuma que grita de miedo y de pánico, pescan el carruaje de Napoleón, el tesoro del ejército, y a toda la artillería. Y sólo la llegada de la oscuridad salva la vida y la libertad del emperador. Pero cuando a media noche, sucio y aturdido, se deja caer fatigado en un sillón de una humilde posada de pueblo, ya no es emperador. Su imperio, su dinastía, su destino están acabados. La falta de ánimo de un hombre pequeño, insignificante, ha destruido lo que el más osado, el más perspicaz, construyera en veinte años de heroísmo.


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