Momentos Estelares De La Humanidad

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Nervioso, Grouchy cabalga entre sus oficiales. Evitan discutir con él. Su consejo ya fue desechado. Por eso, cuando en Wavre se topan al fin con un cuerpo del ejército prusiano, con la retaguardia de Blücher, se sienten aliviados. Enseguida, furiosos, se lanzan al asalto de las trincheras. Gerard a la cabeza de todos, como si, llevado por un sombrío presentimiento, buscara la muerte. Una bala le derriba. El más alborotador de entre los que advirtieran a Grouchy acerca de lo que había que hacer ha enmudecido. Con la llegada de la noche asaltan el pueblo, pero sienten que esa pequeña victoria en la retaguardia no tiene ya ningún sentido pues, de una vez por todas, allá, en el campo de batalla, se ha hecho un silencio absoluto. Es un silencio de un mutismo aterrador, atrozmente pacífico, un silencio espantoso, de muerto. Y todos sienten que era preferible el retumbar de los disparos a esta incertidumbre que les devora los nervios. La batalla tiene que estar ya decidida, la batalla de Waterloo, de la que por fin Grouchy —¡demasiado tarde!— se entera al recibir la nota en la que Napoleón le pide ayuda. La gigantesca batalla tiene que estar ya decidida, pero, ¿a favor de quién? Esperan durante toda la noche. ¡En vano! No les llega ninguna embajada. Es como si la Grande Armée los hubiera olvidado, y ellos, desocupados y absurdos, anduvieran por un espacio impenetrable. Por la mañana desmontan el campamento y se ponen de nuevo en marcha, rendidos y hace tiempo conscientes de que todos sus avances y maniobras no valen para nada. Por fin, a las diez de la mañana, aparece un oficial del Estado Mayor. Le ayudan a bajar del caballo y le acribillan a preguntas. Pero él, con el rostro desolado por el horror y los cabellos pegados a las sienes, temblando por el sobrehumano esfuerzo, sólo balbucea palabras incomprensibles. Palabras que ellos no entienden, que no pueden y no quieren entender. Cuando les dice que ya no hay ningún emperador, que ya no existe el ejército imperial, que Francia está perdida, le toman por loco, por un borracho. Pero poco a poco le arrancan toda la verdad. El parte fulminante, mortalmente paralizador. Grouchy está pálido. Tembloroso, se apoya en su sable. Sabe que ahora empieza el martirio de su vida. Pero decidido toma sobre sus hombros la ingrata tarea de cargar con toda la culpa. El subordinado, inferior y pusilánime, que fracasó en el instante grandioso, aunque imperceptible, de la decisión, enfrentado ahora al peligro cercano, se convierte en un hombre y casi en un héroe. Reúne inmediatamente a todos los oficiales y, con lágrimas de rabia y de dolor en los ojos, les dirige un breve discurso, en el que justifica sus titubeos, al tiempo que los lamenta. Sus oficiales, que aún ayer le guardaban rencor, le escuchan en silencio. Cualquiera podría acusarle y vanagloriarse de haber mantenido una opinión más acertada, pero ninguno se atreve ni quiere hacerlo. Guardan silencio. La rabia del dolor les ha hecho enmudecer.


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