Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Sobre esa página, sobre ese poema, sobre ese hombre y ese momento se alza radiante la rara estrella del renacer. En febrero de 1822 Goethe soportó una grave enfermedad. Fuertes escalofríos sacuden su cuerpo, durante horas pierde la conciencia y él mismo no parece menos perdido. Los médicos, que no identifican ningún síntoma característico y únicamente presienten el peligro, no saben qué hacer. Pero de pronto, tal y como ha venido, la enfermedad desaparece. En junio, Goethe se marcha a Marienbad, transformado por completo, pues casi parece que aquel ataque fuera tan sólo indicio de un rejuvenecimiento interior, de una «nueva pubertad». Este hombre reservado, endurecido, pedante, en el que lo poético casi se ha convertido en una costra de erudición, únicamente obedece desde hace décadas al sentimiento. La música, como él mismo dice, «le desdobla». Apenas puede escuchar el piano, en especial si lo toca una dama tan hermosa como la Szymanowska, sin que las lágrimas acudan a sus ojos. Empujado por el más intenso afán, va en busca de la juventud, y asombrados sus compañeros ven al hombre de setenta y cuatro años revolotear con mujeres hasta media noche. Y ven que, como años atrás, se incorpora de nuevo al baile, con lo que, tal y como él mismo cuenta orgulloso, «en los cambios de pareja las más hermosas criaturas venían a la mano». Ese verano su rígido ser se ha fundido mágicamente, y abierto, como sólo lo está su alma, sucumbe al viejo embrujo, a la eterna magia. El diario le delata, al consignar «sueños complacientes». El «viejo Werther» vuelve a despertar en él. La proximidad de las mujeres le inspira breves poemas, juegos de palabras y bromas, como las que medio siglo antes practicara con Lili Schönemann. Inseguro, vacila a la hora de escoger. Primero es la bella Polin, después Ulrike von Levetzow, una joven de diecinueve años, la que hace que palpite su convaleciente sensibilidad. Quince años atrás amó y veneró a la madre, y hace tan sólo uno que bromeaba, si bien como un padre, con «la hijita», pero ahora el afecto crece impetuoso, convirtiéndose en pasión. Y así, otra enfermedad se apodera de todo su ser, sacudiendo el volcánico mundo de los sentidos más hondamente que cualquier otra aventura en muchos años. El poeta de setenta y cuatro años revolotea como un muchacho. En cuanto escucha la risueña voz por el paseo, abandona el trabajo y, sin sombrero ni bastón, corre tras la alegre criatura. Pero también corteja como un joven, como un hombre. Empieza el grotesco espectáculo, en el que lo trágico raya con facilidad en la sátira.