Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Y es que lo único que poco más o menos se ha podido calcular con seguridad en estos inicios son los costes aproximados de la colocación del cable. Para la verdadera ejecución técnica no hay precedentes. En el siglo XIX aún no se ha pensado ni proyectado nada de dimensiones semejantes, pues, ¿cómo comparar la tarea de tender un cable sobre todo un océano con la de salvar esa estrecha franja de agua que se extiende entre Dover y Calais? Allà habÃa bastado con desgranar desde la cubierta de un simple vapor de ruedas treinta o cuarenta millas de cable, que rodó tranquilamente como el ancla de los cabestrantes. Durante la colocación del cable en el canal se pudo esperar con calma a que se presentara un dÃa especialmente tranquilo. Se conocÃa con exactitud el fondo de la cuenca marina. En todo momento se tuvo a la vista una de las dos orillas y con ello se evitó cualquier peligrosa eventualidad. En el plazo de un único dÃa se pudo efectuar cómodamente el empalme. Mientras que en una travesÃa para la que se necesitan al menos tres semanas de navegación continua, una bobina cien veces más larga y cien veces más pesada no puede quedarse sobre la cubierta expuesta a las inclemencias del tiempo. Además, ningún barco de la época es lo suficientemente grande como para poder acoger en su bodega ese gigantesco capullo hecho de hierro, cobre y gutapercha. Ninguno, lo suficientemente potente como para soportar esa carga. Se necesitan al menos dos barcos, y a su vez esos dos barcos tendrÃan que ser escoltados por otros, para que mantuvieran el rumbo más corto y para que ante cualquier incidente pudieran prestarles ayuda. El gobierno inglés ofrece para ese fin el Agamemnon, uno de sus barcos de guerra más grandes, que luchó como buque insignia en el asedio de Sebastopol. Y el americano, el Niagara, una fragata de cinco mil toneladas —por entonces la de mayor envergadura—. Pero ambos barcos tienen que ser debidamente reconstruidos, antes de poder almacenar cada uno la mitad de la interminable cadena que deberá unir entre sà esas dos partes del mundo. Claro está que el problema principal sigue siendo el propio cable. A ese gigantesco cordón umbilical destinado a unir dos continentes se le exige lo inimaginable, pues tiene que ser por un lado firme e irrompible como un cable metálico y al mismo tiempo elástico, para que se pueda colocar fácilmente. Tiene que resistir cualquier presión, soportar cualquier carga y sin embargo desenrollarse sin dificultad como si fuera un hilo de seda. Tiene que ser macizo, aunque no demasiado grueso, por un lado sólido y por otro tan preciso como para transmitir la más leve ondulación eléctrica dos mil millas más allá. El más pequeño desgarro, la más insignificante irregularidad en un solo punto de ese miembro gigantesco durante esos catorce dÃas de navegación puede arruinar la transmisión.