Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Estas ideas sobre la relación del individuo con respecto al Estado, que Marco Tulio Cicerón expone a su hijo, con frecuencia no son nuevas ni originales. Combinan lo leído con lo generalmente aceptado. A los sesenta años un dialéctico no se convierte de pronto en un poeta, ni un compilador en un creador original. Pero las opiniones de Cicerón adquieren esta vez una nueva carga emocional por el tono de dolor y de amargura que en ellas resuena. En medio de guerras civiles sangrientas y de una época en la que las hordas pretorianas y la canalla de los distintos partidos luchan por el poder, el espíritu verdaderamente humano sueña una vez más —como siempre los individuos en épocas semejantes— con la eterna quimera de una pacificación universal a través del conocimiento de las costumbres y de la conciliación. La justicia y la ley, por sí solas, deben ser los férreos pilares del Estado. Los realmente honrados, y no los demagogos, son los que tienen que alcanzar el poder y con ello la justicia dentro del Estado. Nadie tiene derecho a tratar de imponer al pueblo su voluntad y con ello su capricho. Y es un deber negar la obediencia a esos ambiciosos que arrebatan el gobierno al pueblo, «hoc omne genus pestiferum acque impium». Exasperado, este hombre de una independencia inquebrantable, rechaza cualquier colaboración con un dictador, así como prestarle cualquier servicio. «Nulla est enim societas nobis cum tyrannis et potius summa distractio est.»