Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Miles y millones de voces alborotan y gritan de júbilo ese día. Sólo una, la más importante, permanece extrañamente callada durante esa fiesta: el telégrafo eléctrico. Tal vez en medio del júbilo Cyrus W. Field se diera cuenta ya de la terrible verdad. Y para él debió de ser atroz, ser el único en saber que precisamente ese día el cable atlántico ha dejado de funcionar, que, después de que en los últimos días no llegaran más que señales confusas, apenas legibles, el cable ha agonizado definitivamente y ha expirado su último aliento. Nadie en toda América sabe nada ni se da cuenta del progresivo enmudecimiento, excepto ese par de hombres que controlan la recepción de las emisiones en Terranova. Pero incluso ellos, a la vista del desmedido entusiasmo, dudan durante días y días en dar la amarga noticia a quienes aún gritan de júbilo. Aunque pronto llama la atención lo escaso de las noticias. América había esperado que ahora las noticias relampaguearían hora tras hora a través del océano. En lugar de eso, sólo de vez en cuando se difunde una noticia demasiado imprecisa y descontrolada. No pasa mucho tiempo y ya se difunde el rumor de que, llevados por la prisa y por la impaciencia de conseguir mejores transmisiones, se han enviado cargas eléctricas demasiado fuertes y de que con ello el cable, de por sí insuficiente, se ha echado a perder por completo. Aunque aún se espera poder remediar el trastorno. Pero pronto ya no se puede negar que las señales se han vuelto cada vez más balbucientes, más incomprensibles. Precisamente en la modorra de aquella mañana de fiesta, el 1 de septiembre, a través del mar no llega ya ningún sonido claro, ninguna vibración nítida.
