Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad A una milla de la cabaña, sobre una colina, hay un puesto de guardia permanente. Allí, solitario sobre la escarpada elevación, se instala un aparato que semeja un cañón dirigido contra un enemigo invisible. Un aparato que sirve para medir las primeras manifestaciones de calor del sol que se está aproximando. Día tras día aguardan con impaciencia su aparición. En el cielo de la mañana se muestran como por encanto los reflejos de algunos juegos de color, pero el redondo disco aún no se yergue sobre el horizonte. Sin embargo, ese cielo, lleno del mágico resplandor que irradia su proximidad, esa promesa de luz, alumbra a los impacientes. Por fin desde la cima de la colina suena el teléfono y, dichosos, se enteran de que ha aparecido el sol, que por primera vez desde hace meses ha levantado la cabeza durante una hora en medio de la noche invernal. Su reflejo es muy débil, muy pálido, apenas capaz de vivificar el aire helado, apenas sus ondas vacilantes dejan la huella de su movimiento en el aparato, pero sólo con verlo se sienten afortunados. Febril, la expedición se prepara para aprovechar en su totalidad el pequeño margen de luz que de una sola vez trae consigo la primavera, el verano y el otoño, aunque para nuestro tibio concepto de la vida no se trataría más que de un invierno atroz. Delante corren los coches-trineo. Tras ellos, los trineos arrastrados por póneys y perros siberianos. La ruta se ha dividido en varias etapas. Cada dos jornadas construirán un depósito, con el fin de conservar para la vuelta ropas nuevas, alimentos y lo más esencial, petróleo, calor condensado en medio de los hielos eternos. El equipo se pone en marcha al completo, para regresar poco a poco en diferentes grupos, y así dejar para el último y más pequeño, el de los escogidos conquistadores del Polo, el máximo de provisiones, los animales de tiro más frescos y los mejores trineos.
