Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Pronto se quiebra la última duda ante el hecho incontrovertible de una bandera negra que, en un trineo colocado como poste, se alza sobre las huellas de un campamento desconocido y abandonado. Son las huellas de los patines de los trineos y la impresión de muchas patas de perro. Amundsen ha acampado aquí. Lo grandioso, lo que era inconcebible para la humanidad, ha sucedido. El Polo, inanimado desde hace milenios, jamás contemplado por la mirada humana desde hace miles y miles de años, tal vez incluso desde el comienzo de los tiempos, ha sido descubierto dos veces en el transcurso de una molécula de tiempo, en quince días. Y ellos son los segundos, tan sólo por un mes de diferencia en un periodo de millones de meses. Los segundos ante una humanidad para la que el primero lo es todo y el segundo nada. Vano resulta, por tanto, todo el esfuerzo. Ridículas, todas las privaciones. De locos, todas las esperanzas alentadas durante semanas, durante meses, durante años. «Todo el trabajo, todas las privaciones, toda la angustia, ¿para qué?», escribe Scott en su diario. «Nada más que por un sueño que ahora se ha derrumbado.» Las lágrimas acuden a sus ojos. A pesar del excesivo cansancio, esa noche no pueden conciliar el sueño. Tristes, sin esperanza ninguna, como condenados, emprenden la última marcha hacia el Polo, que estaban convencidos de que iban a tomar por asalto. Ninguno trata de consolar a los demás. Sin decir una palabra, siguen arrastrándose. El 18 de enero, el capitán Scott, junto con sus cuatro compañeros, llega al Polo. Y como el hecho de ser el primero ya no le ciega, contempla la tristeza del paisaje con abúlica mirada. «Aquí no hay nada que ver. Nada que se diferencie de la atroz monotonía de los últimos días.» Es toda la descripción que Robert F. Scott hace del Polo Sur. La única particularidad que descubren allí no ha sido creada por la naturaleza, sino por la mano enemiga de un hombre: la tienda de Amundsen con la bandera noruega, que arrogante y victoriosa ondea sobre el expugnado baluarte de la humanidad. Una carta del conquistador espera allí al desconocido que sea el segundo en pisar ese lugar, rogándole que la haga llegar al rey Hakon de Noruega. Scott se encarga de cumplir fielmente ese penoso deber: ser testigo ante el mundo de una proeza ajena, a la que él mismo ha aspirado fervientemente.