Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Ese pequeño hombre bajo y corpulento es tan poco llamativo y vive tan discretamente como le es posible. Evita la sociedad. Rara vez se encuentran los vecinos con la mirada penetrante y oscura de sus estrechos ojos. Rara vez tiene visita. Pero con regularidad, día tras día, todas las mañanas hacia las nueve, va a la biblioteca y se queda allí hasta que dan las doce. Justo diez minutos después de las doce está otra vez en casa. Y diez minutos antes de que dé la una abandona la casa, para otra vez llegar el primero a la biblioteca, donde se queda hasta las seis de la tarde. Pero como las agencias de noticias sólo prestan atención a la gente que habla mucho y no saben que los hombres solitarios, que siempre están leyendo y aprendiendo, son los más peligrosos a la hora de revolucionar el mundo, nadie escribe un solo informe sobre ese hombre que pasa desapercibido y que vive en casa del zapatero remendón. En los círculos socialistas, por otra parte, se tiene puntual información sobre él. Que ha sido redactor en Londres de una pequeña y radical revista rusa de la emigración y que en San Petersburgo se le considera el líder de algún extraordinario partido de nombre impronunciable. Pero como habla con dureza y desdén de los más prestigiosos miembros del partido y declara que sus métodos son equivocados, como se muestra inabordable y por lo tanto inconciliable, no se preocupan demasiado por él. A las asambleas que organiza algunas noches en un café proletario asisten a lo sumo entre quince y veinte personas, en su mayoría jóvenes. Y así, se tolera a este hombre huraño como a todos los emigrantes rusos, que se calientan la cabeza con mucho té e infinitas discusiones. Nadie tiene al pequeño hombre de frente estrecha por influyente. Ni tres docenas de personas en Zúrich consideran importante aprenderse el nombre de ese tal Vladímir Ilich Uliánov, el hombre que vive donde el zapatero remendón. Y si entonces uno de esos flamantes automóviles que en muy poco tiempo corren a toda velocidad de una embajada a otra, hubiera atropellado a ese hombre en la calle, dejándole muerto, el mundo no lo conocería, ni bajo el nombre de Uliánov ni bajo aquel otro de Lenin.