Momentos Estelares De La Humanidad

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Entonces, del otro extremo del mundo, desde América, había llegado esa voz que con claridad y por encima de los campos de batalla aún humeantes había exigido: «Nunca más una guerra.» Nunca más la discordia. Nunca más la vieja y criminal diplomacia secreta —que sin su conocimiento y sin contar con su voluntad empujó a los pueblos al matadero— sino un nuevo orden del mundo, uno mejor, basado en el dominio de la ley fundada en el consentimiento de los gobernados y apoyada por la opinión organizada de la humanidad («the reign of law, based upon the consent of the governed and sustained by the organised opinion of mankind»). Y es prodigioso, en todos los países, en todas las lenguas, esa voz es comprendida de inmediato. La guerra, aún ayer una rencilla sin sentido en torno a unas cuantas comarcas, en torno a unas fronteras, en torno a materias primas, minas o campos de petróleo, ha cobrado de pronto un sentido más elevado, un sentido casi religioso: la paz eterna, el mesiánico reino de la justicia y del humanitarismo. De pronto la sangre de millones de personas ya no parece haber sido derramada en vano. Esa generación ha sufrido únicamente para que nunca más en nuestra Tierra sobrevenga semejante sufrimiento. Cientos de miles, millones de voces, arrastradas por el delirio de la confianza, llaman a ese hombre. Él, Wilson, tiene que establecer la paz entre vencedores y vencidos, para que sea una paz justa. Él, Wilson, como un nuevo Moisés, ha de traer las tablas de una nueva alianza entre los pueblos descarriados. En pocas semanas, el nombre de Woodrow Wilson adquiere un poder religioso, mesiánico. A muchas calles y edificios, a muchos niños, se les pone su nombre. Cualquier pueblo que se siente en apuros o se considera perjudicado, le envía sus delegados. Las cartas, los telegramas con propuestas, peticiones, súplicas, venidos desde los cinco continentes, se amontonan a millares. El barco que se dirige a Europa lleva cajas enteras. Todo un continente, toda la Tierra al unísono, reclama a ese hombre para que actúe como árbitro de su última contienda antes de la reconciliación con la que sueñan, antes de la reconciliación definitiva.


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