Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Desde el momento en que Cicerón se entera del acuerdo alcanzado entre esos tres hombres, hasta entonces enemigos jurados, es consciente de que está perdido. Sabe muy bien que al filibustero de Antonio, al que Shakespeare ennoblecería sin motivo elevándolo al plano del espíritu, lo ha marcado demasiado dolorosamente con el hierro candente de la palabra, al adjudicarle los bajos instintos de la codicia, la vanidad, la crueldad y la falta de escrúpulos, como para que de ese hombre brutal y violento le quepa esperar la generosidad de César. Lo único lógico, en el caso de que quisiera salvar su vida, sería una rápida huida. Cicerón tendría que haberse trasladado a Grecia, con Bruto, con Casio, con Catón, al último campamento de la libertad republicana. Allí al menos se habría puesto a salvo de los asesinos que ya han sido enviados. Y de hecho dos, tres veces, el proscrito parece decidido a huir. Lo prepara todo, informa a sus amigos, se embarca, se pone en camino, pero en el último momento se detiene. Quien ha conocido ya la desesperación del exilio, experimenta incluso en el riesgo la voluptuosidad del suelo patrio y la indignidad de una vida en huida constante. Una voluntad misteriosa, más allá de la razón e incluso en contra de ella, le obliga a encarar el destino que le espera. Este hombre cansado, a su existencia ya concluida sólo le pide un par de días de descanso. Poder reflexionar un poco en calma, escribir un par de cartas, leer un par de libros. Y que después venga aquello para lo que esté predestinado. Durante esos últimos meses, Cicerón se oculta tan pronto en una de sus fincas, tan pronto en otra, partiendo una vez más, en cuanto amenaza el peligro, pero sin escapar nunca por completo. Como cambia de almohada un enfermo con fiebre, cambia él esos semiescondites, sin estar del todo resuelto a hacer frente a su destino, pero tampoco a evitarlo, como si, con esa disposición a morir, inconscientemente quisiera cumplir con la máxima que formulara en su tratado De senectute, según la cual un hombre viejo no tiene derecho a buscar la muerte ni a aplazarla. Venga cuando venga, hay que recibirla con resignación. Neque turpis mors forti viro potest accedere. Para las almas fuertes no hay muerte ignominiosa.