Momentos Estelares De La Humanidad

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Ha ocurrido algo inverosímil. Por una de las muchas brechas abiertas en la muralla exterior, a poca distancia del punto de asalto propiamente dicho, se han colado un par de turcos. No se aventuran contra la muralla interior, pero mientras deambulan curioseando sin rumbo entre la primera y la segunda muralla de la ciudad, descubren que por un incomprensible descuido una de las pequeñas puertas de la muralla interior, la llamada Kerkaporta, se ha quedado abierta. Se trata sólo de una puerta pequeña, destinada en época de paz a los peatones en esas horas durante las cuales las grandes aún están cerradas. Precisamente porque no tiene ninguna función militar, en medio de la excitación general de la última noche se han olvidado al parecer de su existencia. Y los jenízaros, para su asombro, se encuentran ahora con que de modo inexplicable les han abierto esa puerta en mitad del baluarte armado hasta los dientes. Al principio sospechan que se trata de una estratagema, pues les parece demasiado inverosímil y absurdo que, mientras delante de cada brecha, de cada hendidura y de cada acceso a la fortaleza se acumulan los cadáveres y sobre ellos zumban el aceite hirviendo y los dardos, aquí la puerta que lleva al corazón de la ciudad, la Kerkaporta, esté abierta como cualquier domingo apacible. De todos modos, van en busca de refuerzos. Y, sin encontrar ninguna resistencia, toda una tropa se mete en el centro de la ciudad, atacando inesperadamente y por la espalda a los desprevenidos defensores de la muralla exterior. Unos guerreros descubren a los turcos detrás de sus filas y fatalmente se eleva ese grito que en toda batalla resulta más mortífero que cualquier cañón, el grito del falso rumor: «¡La ciudad está tomada!» Cada vez más fuerte, los turcos gritan de júbilo: «¡La ciudad está tomada!» Y ese grito hace pedazos toda resistencia. Las tropas mercenarias, creyendo que han sido traicionadas, abandonan sus puestos, para ponerse a salvo en el puerto y en los barcos. No sirve de nada que con unos cuantos hombres de confianza Constantino se lance contra los invasores. En medio de la confusión, cae herido, sin que nadie le reconozca, y sólo al día siguiente, por unos zapatos de color púrpura decorados con el águila de oro, se comprueba que el último emperador de Oriente ha perdido la vida honrosamente, desde el punto de vista romano, junto a su imperio. Un pequeñísimo azar, Kerkaporta, la puerta olvidada, ha decidido la historia del mundo.


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