Novela de ajedrez
Novela de ajedrez —¡La burra de Balaam! —exclamó sorprendido el cura a su regreso, no sin explicar al brigada, menos versado en temas bÃblicos, que ya dos mil años atrás se habÃa producido idéntica maravilla, cuando una muda criatura habÃa hallado repentinamente la voz de la sabidurÃa. A pesar de lo avanzado de la hora, el cura no pudo resistirse a desafiar a su semianalfabeto pupilo a una partida. Mirko le ganó también con facilidad. TenÃa un juego tenaz, lento, imperturbable. No levantaba ni una sola vez su ancha frente inclinada sobre el tablero, pero jugaba con una seguridad abrumadora. Ni el brigada ni el cura consiguieron ganarle una sola partida en los dÃas siguientes. El sacerdote, más calificado que ninguno para juzgar el retraso de su protegido en todos los demás aspectos, se sintió entonces aguijoneado por la curiosidad de saber hasta qué punto aquel talento singular y exclusivo podrÃa resistir una prueba más rigurosa. Después de llevar a Mirko al barbero del pueblo para que le cortara sus desgreñados cabellos color de paja y lo dejara mÃnimamente presentable, se lo llevó en el trineo a la pequeña ciudad vecina, en la que conocÃa un rincón, en el café de la plaza mayor, donde se reunÃa un grupo de empedernidos jugadores de ajedrez que, por experiencia, sabÃa que jugaban mejor que él. No fue poca la sorpresa de los contertulios cuando el cura irrumpió en el café empujando a aquel mozo quinceañero de mejillas sonrosadas y cabellos pajizos, enfundado en una zamarra de piel vuelta de cordero y calzado con pesadas botas altas. El muchacho, sintiéndose extraño, se quedó en un rincón mirando tÃmidamente al suelo hasta que alguien le hizo señas desde una de las mesas de juego. Mirko perdió la primera partida, pues en casa del bueno del cura nunca habÃa visto la llamada «apertura siciliana». En la segunda ya consiguió hacer tablas con el mejor jugador del grupo. A partir de la tercera y cuarta partida, los fue venciendo a todos, uno tras otro.