Novela de ajedrez
Novela de ajedrez —TenÃa usted razón —me contestó, un poco molesto—. No es que sea muy amable. Me he presentado. Le he explicado quién soy y él ni siquiera se ha dignado tenderme la mano. He tratado de explicarle que todos nos sentirÃamos muy honrados si tuviera a bien jugar una partida simultánea contra nosotros. Sin inmutarse me ha comunicado que lo sentÃa mucho, pero que tenÃa unos compromisos contractuales con su agente que le prohibÃan expresamente jugar durante toda su gira sin percibir honorarios. Y que no podÃa pedir menos de doscientos cincuenta dólares por partida.
Me eché a reÃr.
—Realmente nunca se me hubiera ocurrido pensar que mover unas piezas de un cuadro negro a un cuadro blanco pudiera llegar a ser un negocio tan lucrativo. Bien, me imagino que se habrá despedido usted de él con la misma cortesÃa.
Pero McConnor permaneció serio.
—La partida será mañana a las tres. Aquà en el salón de fumadores. Espero que no nos dejemos avasallar tan fácilmente…
—¿Cómo, se ha avenido usted a pagarle los doscientos cincuenta dólares? —exclamé estupefacto.