Novela de ajedrez

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El transcurso de la segunda partida no fue muy diferente del de la primera, salvo que ahora nuestro grupo se había ampliado con unos cuantos curiosos, lo que le prestaba también mayor animación. McConnor se comía el tablero con los ojos, como si quisiera magnetizar las piezas con su voluntad de vencer; obviamente habría pagado con gusto mil dólares por el placer de espetarle jaque mate a su impertinente adversario. Curiosamente, también a nosotros se nos había contagiado sin querer una parte de su obstinada excitación. Discutíamos cada jugada con mucha más pasión que en la partida anterior y siempre interrumpía alguien en el último momento la señal convenida para que Czentovic volviese a nuestra mesa. Poco a poco llegamos a la jugada número diecisiete y, ante nuestra propia sorpresa, se produjo una situación que parecía presentarse asombrosamente favorable para nuestros intereses, ya que habíamos conseguido colocar el peón de la columna c en la penúltima casilla c2; no nos quedaba más que adelantarlo hasta c1 para cambiarlo por la reina. Pero la verdad es que aquella situación demasiado visiblemente favorable no nos resultaba demasiado tranquilizadora; todos recelábamos que aquella ventaja que parecíamos haber conseguido no fuese en realidad más que el cebo con el que Czentovic, con una visión mucho más amplia de la jugada, quisiera hacernos morder el anzuelo. Pero por más vueltas que le dábamos y por mucho que lo discutíamos, no éramos capaces de descubrir la trampa. Finalmente, cuando ya casi habíamos llegado a agotar los diez minutos reglamentarios, nos decidimos a correr el riesgo. Ya McConnor había cogido el peón para llevarlo hasta la última casilla, cuando se sintió de pronto sujetado bruscamente por el brazo y alguien le dijo en voz baja pero enérgica:


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