Novela de ajedrez
Novela de ajedrez Entonces me acordé efectivamente de aquel joven campeón del mundo e incluso de algunos pormenores de su meteórica carrera; mi amigo, lector de periódicos mucho más asiduo que yo, no dejó de completarlos con toda una serie de anécdotas. Desde hacía aproximadamente un año, Czentovic había llegado a alcanzar el nivel de las figuras más consagradas del arte del ajedrez, como Allekhin, Capablanca, Tartakover, Lasker o Bogollubov. Desde la presentación del niño prodigio de siete años Rzecevski en el torneo de Nueva York de 1922, nunca la irrupción de una figura hasta entonces desconocida había acaparado hasta tal punto la atención general entre los miembros de la gloriosa congregación. Porque las dotes intelectuales de Czentovic no parecía, en un principio, que hubieran de propiciar una carrera tan brillante. Pronto trascendió que nuestro campeón era incapaz en su vida privada de escribir una frase en el idioma que fuese sin faltas de ortografía, y que, tal como afirmaba con sarcasmo y despecho uno de sus colegas, «su incultura era igualmente universal en todas las materias».
