Tres maestros

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«Todo lo llevas hasta la pasión». Esta frase de Nastasia Filípovna acierta plenamente en el alma de todos los hombres de Dostoievski y, sobre todo, la suya. Sólo con pasión, este coloso de la literatura es capaz de enfrentarse a los fenómenos de la vida y, por eso, con más pasión aún, a su amor más apasionado: el arte. Por supuesto que en él el proceso de creación, el esfuerzo artístico, no es tranquilo, ordenado, calculador y arquitectónico. Dostoievski escribe como piensa y vive: en estado febril. Bajo la mano que deja fluir las palabras sobre el papel (tiene la escritura apresurada y nerviosa de todos los hombres calenturientos) palpita el pulso con latidos acelerados y sus nervios se estremecen entre espasmos. Para él, crear es éxtasis, tortura, embeleso y aniquilamiento, una voluptuosidad exaltada hasta el dolor, el espasmo eterno, la incesante explosión volcánica de su naturaleza demasiado poderosa. «Con lágrimas en los ojos» escribe a los veintidós años su primera obra, Pobres gentes, y a partir de entonces cada trabajo es una crisis, una enfermedad. «Trabajo nervioso, entre tormentos y aflicciones. Cuando trabajo con intensidad, estoy enfermo también físicamente». Y, en efecto, la epilepsia, su mística enfermedad se infiltra con su ritmo febril e inflamable, con sus trabas oscuras y aletargadas, hasta en las vibraciones más sutiles de su obra. Pero Dostoievski crea con todo su ser, poseído de un furor histérico. Incluso las partes más pequeñas de su obra, en apariencia menos importantes, como los artículos para los periódicos, se vacían y funden en el hierro candente de su pasión. Nunca trabaja con una parte de su fuerza creadora dejada suelta y libre, a vuelapluma por decirlo así, con la agilidad de la técnica, como un juego; siempre concentra toda su emotividad en el suceso que relata, sufriendo y compadeciendo hasta el último nervio de su vida en la de sus personajes. Todas sus obras emergen como una explosión, en medio de furiosas tempestades causadas por la enorme presión atmosférica. Dostoievski no sabe crear sin poner todo el alma en el trabajo y de él puede decirse la famosa frase que se escribió sobre Stendhal: «Lorsqu’il n’avait pas d’émotion, il était sans esprit». Cuando Dostoievski no era apasionado, no era poeta.


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