Tres maestros
Tres maestros Pero la pasión en el arte se convierte en un elemento tan destructivo como constructivo fuese. Se limita a crear el caos de las fuerzas hasta que el espíritu lúcido rescata las formas eternas. Todo arte necesita de la agitación como impulso para la creación, pero no menos ha menester de una paz superior y ponderada para llevarla a cabo. El fuerte espíritu de Dostoievski, que penetra la realidad como un diamante, conoce muy bien el frío marmóreo y férreo que envuelve la gran obra de arte. Ama y adora el gran arte de la construcción, traza medidas magníficas, proyecta majestuosos órdenes arquitectónicos de la imagen que tiene del mundo. Pero el sentimiento apasionado inunda sin cesar los fundamentos. La eterna desavenencia entre corazón y espíritu influye también en la obra y aquí se llama contraste entre arquitectura y pasión. Dostoievski trata en vano como artista de crear objetivamente, de mantenerse al margen, de limitarse a narrar y plasmar, de ser un poeta, un referente de acontecimientos y un analista de los sentimientos. La pasión lo arrastra irresistiblemente y sin cesar a su propio mundo para sufrir y compadecerse. Siempre hay algo del caos del principio incluso en sus obras terminadas, y nunca alcanza la armonía. («Detesto la armonía», exclama Iván Karamázov, el personaje que traiciona pensamientos más ocultos de Dostoievski.) Tampoco aquí hay paz ni compromiso entre forma y voluntad, sino —¡oh eterna dualidad de su ser, que impregna todas las formas desde la fría corteza hasta el ardiente núcleo!— una lucha incesante entre fuera y dentro. El eterno dualismo de su ser se traduce en la obra épica en lucha entre arquitectura y pasión.