Tres maestros
Tres maestros Dostoievski jamás consigue en sus novelas lo que los especialistas llaman «discurso épico», el gran secreto de fijar el agitado flujo de los acontecimientos en una exposición tranquila que va transmitiéndose de maestro en maestro a lo largo de incontables generaciones desde Homero hasta Gottfried Keller y Tolstói. Dostoievski forma su mundo con pasión, y sólo con pasión, con arrebato, se puede gozar de ella. Jamás aparece en sus libros aquel sentimiento de placidez, de ritmo suave y arrullador, el lector nunca se siente seguro y ajeno frente a los acontecimientos, contemplando, por decirlo así, como un espectador desde la orilla el oleaje y el tumulto de un mar embravecido. Siempre se siente inmerso en él, envuelto en la tragedia. Vive en propia sangre como una enfermedad las crisis de los personajes, los problemas escuecen como una inflamación en el sentimiento excitado. Dostoievski nos sumerge con todos nuestros sentidos en su atmósfera abrasadora, nos empuja al borde abismal del alma, donde permanecemos jadeando sin aliento y con una sensación de vértigo. Y sólo cuando nuestro pulso late a la misma velocidad que el suyo y sucumbimos a su misma pasión demoníaca, sólo entonces su obra nos pertenece completamente y nosotros a él. Dostoievski quiere a lectores de sentimientos tensos y vehementes para compartir su obra y los escoge como a sus héroes. Los consumidores de libros de bibliotecas ambulantes, los que gustan de callejear plácidamente por los libros o los que se pasean por las aceras de problemas trillados, deben renunciar a él, como él renuncia a ellos. Sólo la persona ardiente, inflamada por la pasión y de sentimientos férvidos se encuentra aquí en su verdadera esfera.