Tres maestros
Tres maestros ¿Hace falta insistir en el origen de esta particular forma artística que ningún artista había poseído antes de Dostoievski y que quizá ningún otro poseerá en la misma medida? ¿Hay que repetir que este destello de todas las fuerzas vitales en un solo segundo no es sino la forma manifiesta de su propia vida, la demoníaca enfermedad, convertida en arte? Jamás el sufrimiento de un artista ha sido más fecundo que esta conversión artística de la epilepsia, pues jamás antes de Dostoievski el arte había logrado concentrar tanta vida en un mínimo de espacio y de tiempo. Sólo él, que en la plaza Semiónovskaia, con los ojos velados, había revivido en dos minutos toda su vida, que en cada ataque epiléptico, durante el segundo transcurrido entre el delirio vacilante y la dura caída de la silla al suelo, erraba a través de mundos como un visionario, sólo él era capaz de tal arte, sólo él podía hacer caber en una cáscara de nuez un cosmos de acontecimientos. Sólo él era capaz de forzar lo inverosímil de estos segundos explosivos a hacerse real de un modo tan demoníaco, que nosotros apenas nos apercibimos de esta habilidad para superar el espacio y el tiempo. Sus obras son verdaderos milagros de concentración. Me limitaré a un solo ejemplo. Léase el primer volumen de El idiota, que suma más de quinientas páginas. Se ha levantado un tumulto de fatalidad, un caos de almas surca las páginas, una multitud de personajes cobra vida interior. Caminamos con ellos por las calles, nos sentamos en sus casas y, de pronto, cuando caemos en la cuenta, descubrimos que esa cantidad inmensa de sucesos se han producido en el transcurso de apenas doce horas, de la mañana a medianoche. Asimismo el mundo fantástico de los Karamázov se concentra tan sólo en unos días, el de Raskólnikov en una semana: obras maestras de condensación como ningún otro escritor ha conseguido todavía y como la vida sólo en muy raros momentos consigue. Únicamente la tragedia antigua, la de Edipo por ejemplo, que en el corto lapso de tiempo que va del mediodía a la noche compendia toda una vida y la de generaciones pasadas, conoce esta vertiginosa caída de las alturas al abismo y del abismo a las alturas, este despiadado y brusco cambio atmosférico del talento artístico, pero también esta fuerza purificadora de las tormentas del alma. Ninguna obra épica se puede comparar con este arte y por eso Dostoievski se revela siempre como un trágico en sus grandes momentos, y sus novelas dan la impresión de dramas encubiertos, metamorfoseados; en el fondo los Karamázov son espíritu del espíritu de la tragedia griega, carne de la carne de Shakespeare. El hombre gigantesco se esconde en ellos, desnudo, indefenso y minúsculo, bajo el cielo trágico del Destino.