Tres maestros

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Y un sentimiento tal, que por decirlo así reduce a una sola cifra la enorme suma de la vida, este sentimiento de extrema concentración, angustia y vértigo a la vez, que en una ocasión él mismo llamó «sentimiento de las alturas» —la locura divina de asomarse al propio precipicio y gozar por anticipado de la dicha de la caída mortal—, este sentimiento supremo de que en la plenitud de la vida uno experimenta también la muerte es también la invisible cima de las grandes pirámides épicas de Dostoievski. Casi se podría decir que todas sus novelas fueron escritas sólo por este momento de sensación candente. Dostoievski creó una veintena o treintena de estos pasajes grandiosos, y es tal la vehemencia de pasión que acumulan, que como una llama viva atraviesan el corazón del lector no sólo en la primera lectura, sino también en la cuarta y la quinta. En estos momentos, todos los personajes del libro siempre se encuentran de imprevisto en una habitación y siempre porfiando cada uno con la máxima intensidad. Todos los caminos, todos los ríos y todas las fuerzas confluyen como por arte de magia, se disuelven en un solo gesto, un solo ademán, una sola palabra. Recuerdo simplemente la escena de Los demonios en que el «golpe seco» de la bofetada de Shátov desgarra la telaraña del secreto, o cuando en El idiota Nastasia Filípovna arroja al fuego los cien mil rublos, o la escena de la confesión en Crimen y castigo y Los hermanos Karamázov. En estos momentos supremos de su arte, puramente elementales, ya no sujetos al argumento en sí, se conjuntan arquitectura y pasión. Sólo en el éxtasis es Dostoievski el hombre armonioso, sólo en estos breves instantes es el artista consumado. Pero estas escenas, desde el punto de vista puramente artístico, son un triunfo sin igual del arte sobre el hombre, pues hay que releer el texto para percatarse de la genial premeditación con que traza todos los caminos que ascienden hasta este punto culminante, con qué mágica distribución se complementan aquí mágicamente personajes y circunstancias, y cómo la compleja ecuación, compuesta de milésimas, se resuelve en una mínima cifra, la suprema, en la unidad total del sentimiento: el éxtasis. He aquí el mayor secreto del arte de Dostoievski: rematar todas sus novelas en estos vértices en los que se concentra toda la atmósfera eléctrica del sentimiento y que atajan el rayo del Destino con infalible seguridad.


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