Tres maestros
Tres maestros Tampoco el arte, pues, uno y único, es redención para el crucificado de la dualidad; también es tormento, desasosiego, prisa y huida; tampoco es patria para el sin patria. Y la pasión que lo impulsa a crear lo persigue hasta más allá de la perfección. También entonces lo empuja hacia lo eternamente infinito; con sus torres truncadas, no construidas hasta la cima (había prometido una segunda parte, nunca escrita, de Crimen y castigo y de Los hermanos Karamázov), los edificios de sus novelas se elevan hasta el cielo de la religión, hasta las nubes de las preguntas eternas. Dejemos de llamarlas novelas y no las valoremos con la medida épica: ya no son literatura, sino un misterioso comienzo, un preludio profético, el preludio y la profecía de un mito: el del hombre nuevo. El arte que tanto ama Dostoievski no es para él lo supremo y, como todos sus ilustres predecesores rusos, lo considera sólo un puente por el que el hombre llega a Dios. Recordemos simplemente que Gógol abandona la literatura después de Las almas muertas y se hace místico, mensajero misterioso de la nueva Rusia; Tolstói, a los sesenta años, maldice el arte, el propio y el ajeno, y se hace evangelista del bien y de la justicia; Gorki renuncia a la gloria y se convierte en heraldo de la revolución. Dostoievski no abandona la pluma hasta el último momento, pero la obra que ha creado ya no es artística en el sentido estricto y terrenal de la palabra, sino el evangelio del Tercer Reino, un mito del nuevo mundo ruso, una predicción apocalíptica, oscura y enigmática. Para el eterno insatisfecho el arte fue sólo el principio, y su final estaba en lo infinito. Era para él sólo un peldaño y no el templo mismo. La perfección de sus obras encierra algo más grande que no se puede formular con palabras y, precisamente porque sólo cabe adivinarlo y no fundirlo en un molde perecedero, sus novelas son caminos de perfección para el hombre y la Humanidad.