Tres maestros

Tres maestros

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Sin comparación alguna: su arte, su maestría psicológica es admirable, escapa a toda medida, y cuanto más profundizamos en su obra, tanto más inverosímil y formidable nos parece su grandeza. Con ello no pretendo decir que estas novelas sean de suyo obras de arte consumadas, en realidad lo son mucho menos que otras más pobres, que describen círculos más estrechos y se conforman con objetivos más modestos. El hombre de ambición desmedida puede alcanzar lo eterno, pero jamás imitarlo. La ambición ahoga una buena parte del singular arte arquitectónico de estas obras y la impaciencia destruye muchos proyectos heroicos. Pero la impaciencia de Dostoievski es un camino que parte de la tragedia de su vida para entrar en la de su arte. Pues en su caso, como en el de Balzac, fueron los azares de la vida y no un carácter irreflexivo lo que lo apremia e imprime un ritmo demasiado frenético a su trabajo para poder dar a sus obras una forma perfecta. No olvidemos cómo nacieron estas obras. Dostoievski ya había vendido la novela entera mientras todavía escribía el primer capítulo; cada trabajo era un acoso de anticipo en anticipo. Trabajando «como una vieja mula», deambulando fugitivo por el mundo, a veces le falta tiempo y paz para dar la última mano al libro. ¡Y él, el más sabio de todos, lo sabe y se siente culpable! «Pero que vean en qué condiciones trabajo. Me exigen obras maestras impecables y me veo obligado a correr por pura y amarga necesidad», exclama irritado. Maldice a Tolstói y a Turguéniev, que, sentados cómodamente en sus haciendas, pueden pulir y retocar sus líneas y a los que no envidia otra cosa. Personalmente no teme la pobreza, pero como artista, rebajado a proletariado del trabajo, se rebela contra la «literatura de los hacendados» por un anhelo irrefrenable de artista de poder un día, en paz, escribir sus obras a la perfección. Conoce sus errores, sabe que después de los ataques epilépticos la tensión disminuye y la ceñida envoltura de la obra de arte se hace permeable y deja penetrar cosas carentes de interés. A menudo sus amigos o su esposa tienen que llamarle la atención sobre olvidos garrafales que comete cuando lee los manuscritos con los sentidos todavía ofuscados tras los ataques. Este proletario, este jornalero del trabajo, este esclavo del anticipo, que escribe tres gigantescas novelas, una tras otra, en su época de más espantosa penuria, es en el fondo de su alma el artista más consciente. Ama fanáticamente el trabajo de orfebre, la filigrana de la perfección. Todavía bajo el azote de la miseria, lima y pule las páginas durante horas, por dos veces destruye El idiota, a pesar de que su mujer está hambrienta y aún no han pagado a la comadrona. Infinita es su voluntad de perfección, pero también la indigencia que padece. Las dos fuerzas más poderosas vuelven a luchar por su alma: la presión exterior y la interior. También como artista sigue siendo el hombre dividido del dualismo. Así como su parte humana está eternamente sedienta de armonía y paz, también la artística anhela la perfección. Una y otra penden con los brazos desgarrados de la cruz de su destino.


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