Tres maestros
Tres maestros Entre estos transgresores de fronteras literarias, Dostoievski es el más grande de nuestros días; nadie ha descubierto tantas nuevas tierras del alma como este hombre impetuoso y desmedido para quien, en sus propias palabras, «lo inmenso e infinito era tan necesario como la Tierra misma». Nada lo detiene, «por doquier he transgredido fronteras», escribe con orgullo en una carta de autoacusación, «por doquier». Resulta casi imposible enumerar todas sus gestas, sus andaduras por las crestas heladas del pensamiento, sus descensos a las fuentes más recónditas del inconsciente, sus ascensiones como de sonámbulo a las alturas de vértigo de la autognosis. Anduvo por donde no había camino trillado, prefirió los laberintos y la confusión. Nunca antes la Humanidad había conocido tan a fondo el mecanismo y la mística del alma; su mirada se ha vuelto más despierta y consciente y a la vez más misterioso y divino su sentimiento. Sin él, sin este gran transgresor de toda medida, poco sabría la Humanidad de su misterio congénito; ahora, desde las alturas de su obra, podemos extender mucho más allá la mirada hacia el futuro.